La soledad no deseada es uno de los grandes retos sociales del envejecimiento. Sin embargo, no todas las personas la viven de la misma manera. La historia personal, las experiencias de discriminación, la existencia de redes de apoyo o el reconocimiento social condicionan profundamente cómo afrontamos esta etapa de la vida.
En el caso de las personas mayores LGTBI, la soledad no comienza necesariamente cuando aparecen la dependencia o la pérdida de autonomía. En muchos casos, forma parte de una experiencia vital que comenzó décadas atrás.
Sobre esta realidad conversamos con Juan-Ramón Barbancho, historiador del arte, gestor cultural y activista LGTBI, quien invita a mirar más allá de los datos para comprender el peso que tiene la memoria y la experiencia de toda una generación.
«La gente que hoy está en las residencias tiene 70, 75 u 80 años. Son personas que vivieron la dictadura, que crecieron con leyes que les prohibían ser quienes eran y, sobre todo, les prohibían amar.»
Cuando hablamos de soledad solemos pensar en personas que viven solas o que han perdido a sus seres queridos. Sin embargo, durante la entrevista surge una idea mucho más profunda: la soledad también puede construirse desde la infancia.
Muchas personas LGTBI crecieron sintiéndose diferentes, ocultando quiénes eran y sin encontrar espacios seguros donde compartirlo. A diferencia de otros niños que sufrían discriminación y encontraban comprensión en su entorno familiar, muchos niños y niñas LGTBI tampoco encontraban ese refugio en casa.
Como resume Barbancho con una frase especialmente reveladora:
«Nosotros aprendimos a escondernos antes que a jugar.»
Es la descripción de una infancia marcada por el miedo al rechazo, los insultos o la violencia. Una experiencia que deja huella durante toda la vida y condiciona la manera de afrontar la soledad en la edad adulta.
Cuando recibir cuidados significa volver al armario
¿Puede hablarse realmente de cuidados cuando una persona siente que debe esconder quién es para sentirse segura?
Muchas personas que durante años han podido vivir libremente su orientación sexual o identidad de género sienten que, al ingresar en una residencia o depender de cuidados por parte de terceros, vuelven a ocultar una parte esencial de sí mismas. No por decisión propia, sino por miedo a revivir el estigma o el rechazo de quienes tienen cerca.
«Después de toda mi vida luchando, después de haber conseguido construirme como una persona libre, ¿ahora tengo que volver al armario porque comparto habitación con un compañero homófobo o porque un profesional hace comentarios cuando me ayuda a ducharme?»
El gran reto pendiente: formar para cuidar
Para Juan-Ramón Barbancho, uno de los principales problemas no reside únicamente en las personas usuarias de los recursos, sino en la falta de preparación de quienes trabajan en ellos. En base a esa idea, la asociación Adriano Antinoo, de la que forma parte, aboga por la necesidad de formación específica para profesionales de residencias, atención domiciliaria o centros sanitarios.
«No puedes trabajar en una residencia de mayores igual que si estuvieras vendiendo sellos. Estás atendiendo a personas en una situación de enorme vulnerabilidad y necesitas herramientas para hacerlo desde la empatía.»
Del mismo modo que hoy existen protocolos específicos para atender situaciones relacionadas con la violencia de género, la discapacidad o la diversidad cultural, resulta imprescindible incorporar la diversidad sexual y de género a la formación de quienes acompañan a las personas mayores.
No todas las personas mayores LGTBI envejecen igual
Durante la conversación aparece una reflexión especialmente interesante: la soledad no deseada no consiste únicamente en estar en soledad. También puede sentirse cuando una persona está rodeada de gente pero percibe que no puede mostrarse tal y como es.
«La soledad no deseada es cuando alguien se siente solo estando acompañado.»
En las personas mayores LGTBI este sentimiento puede intensificarse cuando desaparecen las redes de apoyo construidas durante décadas, ya que muchas de esas redes no estaban formadas por familiares de sangre, sino por amistades que compartieron las mismas vivencias y que constituyeron auténticas familias elegidas.
«Nuestros amigos tienen la misma edad que nosotros. Y cuando empiezan a faltar, también desaparece esa familia elegida que nos ha sostenido toda la vida.»
La pérdida de esas personas supone mucho más que un duelo: implica perder parte de la propia historia y de los vínculos que hicieron posible resistir en contextos muy difíciles.
Esta situación extraordinaria de las personas del colectivo se complica cuando constatamos que no viven la misma realidad un hombre gay, una mujer lesbiana o una mujer trans.
Barbancho explica cómo las mujeres lesbianas, en muchos casos, han desarrollado redes sociales más sólidas, mientras que los hombres suelen haber sido educados con mayores dificultades para expresar emociones o pedir ayuda. Aunque especialmente vulnerable resulta la situación de las mujeres trans.
«Ellas nunca han tenido un armario.»
Esa ausencia de espacios donde esconderse las convirtió históricamente en las personas más visibles y, al mismo tiempo, en las más vulnerables: expuestas a la violencia, la discriminación y la exclusión.
Cuidar también es reconocer
Aunque Barbancho considera que debe analizarse con matices, reconoce que el culto a la juventud y la invisibilización de las personas mayores también afectan al colectivo como pasa en el resto de la sociedad actual. Según nos cuenta, resulta paradójico que quienes protagonizaron la conquista de muchos de los derechos actuales puedan sentirse hoy desplazados o poco representados por las nuevas generaciones que disfrutan de esos derechos conquistados.
Reconocer ese pasado significa reconocer a las personas que hicieron posible nuestro presente. Recuperar esa memoria colectiva es también una forma de combatir la soledad de estas personas. Implica respetar la identidad, la historia y los vínculos afectivos de cada una de ellas.
Quizá por eso, hablar de soledad no deseada en este colectivo exige ampliar la mirada. Como señala Juan-Ramón Barbancho, muchas personas mayores LGTBI no nacieron con una identidad frágil, fue después, experimentando el rechazo y el estigma por parte de la sociedad de la época, cuando tuvieron que aprender a vivir un poco mas en soledad que el resto.
«Nosotros no nacimos rotos. Nos rompieron.»


